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Escrito por movimientos sociales
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La dilucidación de la teoría y método de cualquiera de los movimientos sociales en el espacio reducido de un ensayo constituye, a la vez una tarea imposible y sin embargo, necesaria y urgente. Ello estriba en que, como mantienen los autores más destacados en este campo, la reflexión teórica y la propuesta de instrumentos de análisis sobre los movimientos sociales son mucho más pobres que aquellos con los que cuenta, por ejemplo, el estudio de los partidos políticos.' Esta situación es más notoria y precaria por lo que se refiere a América Latina y a México en particular, en los que la constitución de un cuerpo teórico y de un bagaje metodológico para este efecto están todavía pendientes, a pesar de la proliferación y riqueza de sus fenómenos colectivos.

En este contexto, los alcances de estas notas sobre el Mup son limitados y se reducen a: 1) retomar los conceptos centrales del accionalismo y plantear su aplicabilidad al caso del Mup, y 2) formular esquemáticamente un modelo para acotar su dimensión política. Como es obvio, el primer tópico es de carácter teórico y remite al fenómeno de los Mur en su conjunto mientras el segundo aborda un aspecto particular de él aunque, tal vez, el de mayor importancia en la presente coyuntura. Sin que puedan descartarse las aportaciones de la sociología funcionalista (en particular la norteamericana) sobre los factores de la activación del comportamiento colectivo,' las contribuciones centrales acerca de la teoría de los movimientos sociales siguen siendo las del accionalismo.'

Las precisiones de A. Touraine y A. Melucci en torno a las conductas o acciones colectivas, las luchas o acciones conflictivas y los diferentes tipos de movimientos sociales (reivindicativos, políticos y de clase) son claves en esta temática.' Asimismo, las reflexiones de F. Alberoni sobre los comportamientos colectivos de agregado y de grupo, así como acerca del estado naciente de los movimientos y sobre la articulación y contraposición permanentes que existen entre movimiento e institución poseen plena vigencia.'

De la teoría accionalista, deben resaltarse los tres elementos constitutivos de la acción o conducta colectiva, es decir:

1. La presencia de una solidaridad, en cuanto "sistema de relaciones sociales que liga e identifica a aquéllos que participan en él".

 2. La existencia de un conflicto es decir, "una forma de interacción entre individuos, grupos, organizaciones y colectividades que implica enfrentamientos por el acceso a recursos escasos y su distribución,' y

3. Un sistema de actores, de los cuales los principales son los propios integrantes del movimiento y un adversario, que, en consecuencia, es identificado como enemigo.

De acuerdo con lo anterior, en los comportamientos colectivos se combinan tres principios: 1. De identidad, a través del cual el actor social se define a sí mismo y en nombre de qué actúa; es decir, un "autorreconocimiento de un nosotros diferenciante frente a los otros'  2. De oposición, que sitúa al adversario del actor y el tipo de relación que se establece con él (de oposición), y 3. De totalidad que es "el sistema de acción histórico del que los adversarios, situados en la doble dialéctica de las clases, se disputan el dominio"; este principio define las opciones de sentido de las prácticas colectivas en cuanto culturalmente orientadas.

La distinción entre lucha o acción conflictual (que manifiestan la presencia de un conflicto al interior de los límites del sistema considerado) y movimiento social (que implica un conflicto que tiende a superar estos límites) es básica.

Sin embargo, el uso de los términos, tanto en el medio académico como político, ha anulado la diferencia entre ellos y aplicado el segundo de ellos (movimiento) a comportamientos que A. Touraine califica como conductas colectivas o luchas, y A. Melucci como acciones colectivas o acciones conflictivas (reivindicativas o políticas).

Por otra parte, en relación a las definiciones de estos autores, habría que realizar varias precisiones: a) El término conducta o acción colectiva es excesivamente amplio; si bien los tres elementos y principios recién definidos permiten otorgarle una cierta especificidad, el concepto únicamente excluye, en un extremo, los comportamientos de agregado y, en el otro, las acciones individuales; b) La diferencia entre conductas colectivas y luchas en A. Touraine y entre acción colectiva y acción conflictual en A. Melucci no es siempre clara.

Ciertamente la primera de cada binomio es fundamentalmente reactiva o defensiva, mientras que la segunda implica una cierta iniciativa; pero no es posible establecer un corte preciso entre ambas. Por otra parte, el adjetivo conflictual no otorga especificidad al comportamiento correspondiente respecto de la acción colectiva, ya que ésta siempre implica (como ya se asentó) un conflicto, es decir, se define lo específico o la diferencia por lo genérico.

 Acerca del término movimiento social habría que recordar que lo social remite a la sociedad y, más particularmente, a las relaciones que se establecen entre las clases.

Por ello, a pesar del uso particular que los autores citados hacen del concepto movimiento social, en la literatura sociológica sigue siendo utilizado para referirse a conductas colectivas en las cuales la forma de participación es menos formal que la partidaria, cuya estructura es más flexible y cuyo objeto directo no es la toma ni el ejercicio del poder.

Bajo este supuesto, tanto las acciones colectivas como las luchas o acciones conflictuales serían movimientos sociales, y según A. Touraine en las conductas colectivas también se incluyen los esfuerzos de reconstrucción, por ejemplo, de un valor, una norma, relación de autoridad, etc. Pero no se contemplan explícitamente los intentos por restablecer lo abolido o retrotraer a la sociedad a estadios previos aparentemente ya superados, es decir, las acciones regresivas o reaccionarias en el terreno ético, religioso o político.

A partir no de los términos utilizados por A. Touraine y A. Melucci sino de su contenido básico así como de las precisiones anteriores;  habría que distinguir cuatro niveles en los comportamientos colectivos, es decir: a) el reaccionario, b) el defensivo, c) el reindicativo y d) el transformador.

Con base a ellos quizá fuera menos confuso y más operativo hablar de cuatro tipos de movimientos correspondientes a los cuatro niveles de la acción colectiva, ya mencionados; éstos serían: a) Movimientos reaccionarios, es decir, aquéllos que tienen como objetivo restablecer valores, normas o formas de autoridad ya abolidas o superadas; por ejemplo, el movimiento cristero, etcétera. b) Movimientos defensivos que, por una parte, intentan el mantenimiento del statu quo y de sus instituciones o valores, es decir, movimientos conservadores y, por otra, constituyen una respuesta a una acción o intervención previa (del gobierno, otro grupo, etc.) que afecta a sus integrantes. c) Movimientos reindicativos que implican una iniciativa para obtener la atención de alguna demanda o corregir y ajustar el sistema económica o político, respetando sus esquemas básicos de funcionamiento, pero refuncionalizándolo; en este sentido, constituirían también movimientos progresistas, y d) Movimientos transformadores o revolucionarios: se proponen rebasar el sistema; son, por ello, disruptivos de las relaciones sociales dominantes y de las formas de participación política vigente y de las normas y valores establecidos.

Como toda clasificación abstracta, la anterior puede resultar excluyente en la medida en que los cuatro niveles anteriores no se encuentran en estado puro en los movimientos concretos.

Toda acción colectiva constituye un proceso social y, en esa medida, los comportamientos pueden combinar en distintas proporciones elementos de varios de los niveles considerados. Por otra parte, no puede descartarse la posibilidad de que un mismo grupo o movimiento pase de un nivel a otro, tanto en sentido ascendente como descendente, de acuerdo a los niveles considerados. El interés de la clasificación estriba en los elementos y principios de la acción colectiva, ya asentados con los diferentes objetivos que se fijan los grupos que la llevan a cabo.

Esta clasificación es, por otra parte, independiente de la tipología de los movimientos basada en su principal elemento constitutivo o demanda: a) clasista, b) interclasista, c) de género (feminista), d) etéreo (juvenil, de la tercera edad), e) étnico, f) cultural o ideológico, g) religioso, h) ecológico, i) regional, j) por los derechos fundamentales, etc.

Cualquiera de estos tipos de movimientos pueden situarse en alguno de los cuatro niveles de la clasificación anterior o, como ya se indicó, pasar de uno a otro de ellos.

Si, con base en las aclaraciones anteriores, se revisa la literatura disponible en el país sobre la problemática de los Mur, se advierte que es frecuente utilizar el término "movimiento social urbano".

 A partir de las precisiones de A. Touraine y A. Melucci, se infiere que la mayor parte de las prácticas colectivas que llevan a cabo los colonos e inquilinos constituirían luchas o acciones conflictivas reivindicativas y no movimientos, ya que no se proponen modificar las reglas del juego del sistema ni superar sus límites económicos y políticos sino lograr la atención de sus necesidades, vinculadas a la reproducción, en los lugares de residencia.

 Algunas de dichas prácticas podrán considerarse acciones conflictivas políticas, en la medida en que no sólo demandan la resolución de determinadas carencias urbanas sino que exigen la intervención en la toma de decisiones correspondientes. Las organizaciones más consolidadas de colonos e inquilinos (es decir, aquellas que cuentan no sólo con estructuras orgánicas estables y con planes y programas de acción para el corto y mediano plazo, sino sobre todo, con un proyecto político) darían lugar a movimientos reivindicativos de clase ya que cuestionan las normas vigentes y luchan contra el poder que garantiza la situación urbana predominante y las formas vigentes de reproducción social de las mayorías en las ciudades.

Este tipo de posiciones difícilmente pueden lograrse en las colonias y vecindades que operan aisladamente. Las que han logrado dichos grados de consolidación forman parte de organizaciones sectoriales que disponen de estructuras a nivel de una zona de la ciudad en su conjunto o de aparatos de orden regional o nacional. Algunas de estas organizaciones se plantean objetivos para la transformación de la sociedad y la toma del poder, es decir, revolucionarios." Pero tanto en sus programas de demandas como en los planes de acción, se enfatizan las tareas a corto y mediano plazo y no se explicitan las de largo plazo o revolucionarias; es decir, no existe correspondencia entre los objetivos y los programas y planes.

A ello debe agregarse que el nivel de conciencia política de los integrantes de estas organizaciones es fundamentalmente reivindicativo y sectorial, y que las formas de lucha utilizadas son básicamente defensivas; es decir, las modalidades ofensivas y que implican tomar la iniciativa existen en escasa medida. Con base en los datos anteriores, difícilmente se puede sostener que el MuP conforme un movimiento político y revolucionario en sentido estricto ya que sus acciones no se orientan a la apropiación y control de los medios de producción ni a la transformación del sistema rompiendo las reglas del juego político.

Esta precisión no anula la labor decisiva que está desempeñando en la elevación de la conciencia crítica y política, y en el impulso a la militancia de sus integrantes. En las colonias y vecindades, esta experiencia es "el único esfuerzo sistemático de educación política y cívica y eso acrecienta su importancia, especialmente ante la precariedad de la oposición organizada '

En las definiciones que da de sí mismo el MuP, plantea como principio y substrato básico de su existencia y actuación, la independencia ideológica y política. Este postulado tiene dos dimensiones: a) la autonomía respecto del Estado, la burguesía y los partidos políticos, y b) la propuesta de un programa propio y alternativo en materia urbana y de organización social y política.

 La primera dimensión significa rechazo a las tácticas de mediación, cooptación y control que el gobierno y su partido utilizan en este campo, y por ello, constituye la defensa legítima del derecho a la libre organización y expresión social.

La formulación y propuesta de un programa urbano y político se está efectuando a través de la sistematización de las demandas y programas de acción, en particular de aquellas organizaciones que están integradas en la CONAMUP.  

Las limitaciones que existen en este terreno son todavía notables, y, por supuesto, la existencia de un programa (aunque sea limitado) no garantiza, por sí, mismo, su incorporación y puesta en práctica. A este respecto, la evolución es real pero todavía lenta.

 En relación al término mismo con el que se conoce este movimiento -movimiento urbano popular (MuP) o independiente-es preciso aclarar que, aunque ha sido propuesto y es utilizado por sus protagonistas, la realidad subyacente exige ser precisada con mayor rigor, pues si bien es cierto que el término popular permite distinguir a este agente social de otros movimientos urbanos integrados por capas medias o por la burguesía , no acota su especificidad porque el movimiento obrero o el campesino son igualmente populares y asimismo las organizaciones de colonos e inquilinos cooptados por el Estado.

 Tampoco el calificativo de independiente define, por sí mismo, a estas prácticas sociales, porque es común a las agrupaciones sindicales y campesinas que actúan con autonomía de las organizaciones de masas del partido oficial. Y la caracterización de urbanos es demasiado amplia en sociedades progresivamente industriales y que concentran la mayor parte de sus actividades y población en las ciudades.

La combinación de varios calificativos (urbano popular) disminuye estas imprecisiones pero no las elimina. En realidad, la especificidad de este movimiento viene dada por sus integrantes y el tipo de demandas que levantan.

A partir de ambos elementos, sería más correcto denominarlo como movimiento de colonos, inquilinos, solicitantes, etc., o luchas por el suelo urbano, la vivienda, los servicios, etc., aclarando, en cada caso, su posición política y relación con el Estado (supeditación o autonomía).

Por ello, los términos MuP o movimiento independiente no son incorporados en este trabajo como categorías acabadas sino en tanto reflejan el nivel de los estudios que, hasta el presente, se va logrando en este campo de las Ciencias Sociales.

El MUP y la política: propuesta metodológica

Como es sabido, los movimientos sociales (incluido el MuP ) no constituyen organizaciones políticas, ya que su finalidad explícita y su relación directa no son, en primer término, con el poder. Tal vez las excepciones, al respecto, sean los movimientos en defensa del voto y, en menor medida, los municipales.

Sobre el conjunto de ellos, afirman A. Heller y F. Feher: "su objetivo es la movilización de la sociedad y no la toma del poder".

 En consecuencia, tienen una función distinta a la de los partidos. Sin embargo, su accionar posee una carga y repercusión política. ¿En qué consisten éstas? ¿Cómo se manifiestan y pueden medirse?  

A continuación realizo un primer planteamiento, de carácter metodológico, para acotar este problema en relación al MUP, asunto que prácticamente no se ha abordado. Este propósito lo intento lograr mediante la construcción de un modelo que estructuro con base en una serie de indicadores, algunos de los cuales se encuentran dispersos en la literatura existente sobre el MUP y otros provienen de trabajos personales anteriores.

Los indicadores en cuestión forman trece en total y, antes de exponerlos, es preciso tener en cuenta que: 1. No son criterios o indicadores excluyentes, es decir, se encuentran interconectados, 2. tampoco son válidos considerados aisladamente sino en su conjunto, 3. son demostrativos de niveles crecientes de politización; en otros términos, no todos los indicadores poseen igual importancia (índice complejo y ponderado), 4. un número reducido de ellos (5 sobre 13) pueden parecer más bien prerrequisitos para la politización y no de la politización misma (en particular los indicadores 2, 3, 4 y en parte 6 y 8) pero, debido al escaso desarrollo de la sociedad civil en el país, al rígido control que todavía ejerce el sistema y el partido dominantes sobre las diferentes organizaciones sociales y a que varios MUP inscriben estos indicadores dentro de un proyecto mayor, puede afirmarse que constituyen manifestaciones políticas, aun cuando remitan a la vida interna de los movimientos. El resto de los indicadores (1, 5, 7, 9, 10, 11, 12 y 13) se refieren, a distintos niveles, a la relación con el poder y son demostrativos de la politización de los MuP, y 5. Cada indicador se operación analiza a través de factores específicos que permiten su medición.

Los indicadores son:

1. Tipo de demandas planteadas. Uno de los principales elementos que definen a los movimientos son las demandas que formulan. Estas pueden ser: a) economicistas o inmediatas (suelo, vivienda, servicios, etc.), b) culturales e ideológicas (recreación, arte, deporte, etc.) y, c) políticas (por la democracia, la libertad de expresión y acción, es decir, las libertades y derechos democráticos básicos contra la represión, por la solidaridad, etcétera). En relación a este indicador, el avance en el proceso de politización del Mur se traduce en: a) el paso del primer tipo de demandas al tercero de ellas, y b) su combinación, de tal manera que se evite tanto quedarse únicamente en el nivel economicista, como buscar la sobreideologización que relega u olvida las necesidades más sentidas por la población.

 Es decir, la evolución en las demandas levantadas y el tipo de combinación que se haga de ellas serán exponentes de politización, en la medida en que el peso de las políticas sea creciente. Algunos movimientos pueden surgir planteando directamente ese tipo de demandas y entonces, bajo la forma de movimientos sociales, están cumpliendo funciones políticas e incluso partidarias.

 2. Nivel de vida orgánica. Este nivel es medible a través de: a) la participación de las bases en la toma de decisiones, b) la representatividad de cuadros y líderes, y c) el tipo de dirección (centralizado, compartido, rotativo, etcétera). El supuesto a aplicar en relación a este indicador es que el mayor grado de participación y representatividad así como la evolución desde las formas de dirección personalista a las compartidas se traduce en democracia interna , la cual es requisito y componente central de un proceso de politización y uno de los hechos políticos básicos en el país.

3. Capacidad de movilización y reivindicación. La movilización puede medirse a través del número de luchas, en particular, las marchas, mítines, plantones, etc. La reivindicación se detecta a través de las mejoras que el grupo logra sobre las condiciones materiales, culturales y políticas en que vive y, en particular, a través de la resolución favorable a las demandas que el movimiento expresamente se ha planteado. Múltiples factores (internos al movimiento o ajenos a él) pueden dificultar dichas mejoras y resolución. Pero el avance en ambos casos indica la combatividad y efectividad de las luchas del movimiento. Ciertamente la lucha política no es meramente reivindicativa, pero tampoco pueden enfatizarse las demandas de corte político a tal grado que se sobre-politice el movimiento y opere relegando u olvidando las necesidades y demandas que le dieron origen.

4. Presencia y consenso sociales hacia el movimiento. Algunos indicadores de ello pueden ser: a) el espacio que el movimiento ocupa en los medios de comunicación (periódicos, radio, tv.) y la imagen favorable al movimiento que se transmita en ellos, y b) el grado en que otras organizaciones locales (políticas o no) consideran al movimiento como una real fuerza social. Es decir, se trata de romper el solipsismo y medir el peso de un movimiento no sólo por la imagen que él tenga de sí mismo sino, sobre todo, a través de la que se forma acerca de él el resto de la sociedad. De lo contrario, el movimiento se aisla socialmente; no cuenta con simpatizantes ni aliados, lo cual le resta fuerza para poder alcanzar los objetivos económicos y políticos que se planteó.

5. Tipo de relación establecida con dependencias de la administración y gobierno locales. Por razones presupuestales, fiscales, etc., los MuP deben mantener múltiples y desgastantes contactos con la administración y gobierno. Si se descarta la relación de subordinación y clientela (la cual indica ausencia de proyecto propio y supeditación al Estado) e igualmente al enfrentamiento y hostigamiento sistemáticos y, por principio, el criterio para calibrar el nivel político de un movimiento es la forma en que combina la independencia respecto del poder con la negociación-concertación. Ambas, aunadas a la movilización, permiten avanzar en el cumplimiento de las demandas económicas y políticas. Debido a que el gobierno es "la fuerza política organizada"" y la condensación del poder, la posición que un MuP toma ante él señala la forma en que el movimiento lo visualiza, acepta, enfrenta o plantea la lucha por otro alternativo. Es decir, señala la toma de conciencia y de posición ante el poder.

6. Presencia en organizaciones cívicas y de come territorial. Por ser este tipo de organizaciones las que tienen una relación más próxima y directa con el espacio urbano inmediato en que se ubican las colonias populares así como con las demandas de los MUP, ellas constituyen indicadores de la fuerza con que cuentan. De este tipo de organizaciones son, entre otras: a) los comités y asociaciones de vecinos y h) las asociaciones de padres de familia, etcétera. Si la presencia o conquista de espacios en ellas demuestra que un movimiento tiene influencia y es reconocido en el ámbito territorial en el que se desenvuelvey despliega su acción, a contrario sensu, el no plantearse este objetivo o la falta de capacidad de maniobra en estos niveles señalaría su debilidad orgánica y política. Y si bien este indicador es una variante o modalidad del indicador 4 (presencia y consenso sociales hacia el movimiento), es necesario resaltarlo por su importancia en el espacio de las colonias por la utilización que de estas instancias hace el sistema y su incidencia en la asignación de recursos para obras urbanas, etcétera.

7. Capacidad de influencia sobre las medidas administrativas del poder local que afectan al movimiento. Los impuestos, tarifas, ejercicios del presupuesto para obras públicas, etc., afectan directa y constantemente la economía y condiciones de vida de los colonos e inquilinos. La fuerza del movimiento se manifiesta: a) cuestionando las medidas instrumentadas, b) defendiendo los intereses reales de los colonos e inquilinos, y e) logrando modificar las decisiones tomadas. Este indicador está relacionado con varios de los anteriores (tipo de demandas, capacidad reivindicativa, relación con el gobierno, etc.); su especificidad consiste en que demuestra que los colonos e inquilinos advierten que las agencias locales no son neutrales, que toman decisiones contrarias a sus intereses y que, por ello, es necesario frenarlas o modificarlas a su favor.

8. Solidaridad y alianzas con otras organizaciones de colonos, inquilinos y solicitantes de vivienda. Estas prácticas se materializan en frentes, comités, uniones, etc. La solidaridad y alianzas pueden set simplemente tácticas (es decir, en función de objetivos inmediatos) o estratégicas. El mayor grado de evolución en estas prácticas consiste en la búsqueda expresa de acumulación de fuerzas, respetando las diferentes formas de lucha y posiciones ideológicas de cada MUP; en otros términos, el pluralismo político al interior de ellos. A través de estas experiencias, se supera el sectarismo y se logra' a coexistencia de diferentes líneas políticas. Si bien la mayoría de estas prácticas tienen una finalidad fundamentalmente defensiva contra el gobierno, constituyen, al mismo tiempo, escuelas reales de formación y avance políticos.

9. Capacidad de incidir y modificarla política urbana del gobierno a nivel local, regional o nacional. Grados crecientes en el ejercicio de esta capacidad serían: a) frenar planes urbanos parciales o de barrio; b) formular propuestas alternativas; y e) intervenir en la toma de decisiones urbanas, etcétera. Este indicador está relacionado con la capacidad de influencia sobre medidas administrativas. La diferencia estriba en que las medidas que se enfrentan afectan no sólo a un movimiento sino a varios y que se trata no de disposiciones aisladas de la administración pública sino de una política o planteamiento normativo.

10. Vinculación intersectorial, es decir, con otros tipos de movimientos y organizaciones: campesinos, obreros, estudiantiles, etc. Este indicador puede asumir varias formas, entre ellas las de: a) solidaridad y alianzas tácticas o estratégicas; b) planteamiento de demandas comunes que abarcan a las mayorías urbanas y rurales; e) búsqueda de convergencia; d) formulación de planes y programas amplios; y e) construcción de bases para un poder popular alternativo. A través de estas prácticas se afirma el carácter de clase de los movimientos implicados; es decir, las luchas "pasan de lo popular a lo proletario",15 se avanza en la definición del proyecto correspondiernte y se construye el sujeto histórico para el cambio social mediante la acumulación de fuerzas.

11. Participación electoral y proyecto revolucionario. Grados crecientes de politización en este rubro son: a) la superación de las prácticas abstencionistas; b) el establecimiento de alianzas con partidos de izquierda para la participación electoral; y c) la congruencia sistemática, es decir no puntual, entre las alianzas y un proyecto proletario. Debido a la legislación vigente en México sobre organizaciones políticas y procesos electorales, para los MUP la obtención de puestos de elección popular sólo es posible mediante alianzas con partidos que tengan registro. El carácter de clase con el que alían indicaría la orientación política de los MUP. Por otra parte, si bien la lucha electoral no es la decisiva para una estrategia transformadora, es claro que constituye un frente de acción vinculado directamente con la lucha por el poder. Ella demuestra que un movimiento combina la defensa de sus intereses sectorales (gremiales o corporativos) con la lucha representativa o ciudadana. La articulación de democracia representativa con la directa o de masas y de ambas con la toma de conciencia y la lucha transformadoras indicarían el carácter revolucionario de un movimiento.

12. Reconocimiento gubernamental de la representatividad de la organización sectorial (urbano popular) o intersectorial y conquista de espacios en la política local o estatal. Algunos elementos demostrativos de este hecho serían: a) la participación en la política local por la vía de los hechos; y b) la obtención de regidurías, alcaldías y diputaciones o representaciones en la Asamblea de Representantes del D.F. En cualquiera de los dos casos señalados, es claro que un movimiento, que actúa a esos niveles, se mueve en un terreno político; y si éste es acorde con un proyecto revolucionario, actúa en una lucha por conquistar y transformar el poder.

13. Reconocimiento (formal y real) de los muh de que ellos no son, por sí solos, la alternativa para la toma del poder. Como ya se apuntó, la conquista del poder y la transformación de la sociedad implican rebasar los límites del sistema. Estas tareas exceden las posibilidades de un movimiento sectorial, e incluso las de un frente intersectorial. Es preciso un proyecto político en sentido estricto que signifique una propuesta global a los aspectos tanto estructurales como superestructurales de una formación social. Para la definición y construcción de ese proyecto, los movimientos sectoriales e intersectoriales son necesarios. Pero dicha formulación y materialización exigen un sujeto histórico (agente revolucionario portador del proyecto de una nueva sociedad) y una vanguardia (capacidad de dirección o conducción del proceso). Ambos requisitos no son competencia de los movimientos en cuanto tales, considerados tanto aisladamente como en un conjunto.

Además de los indicadores utilizados en esta propuesta metodológica, existen dos aspectos que están relacionados con varios de ellos y que exigen ser precisados. Estos son el corporativismo y la articulación entre la democracia de base y la representativa.1ó A partir de la autonomía que el MuP proclama respecto del Gobierno y de sus instancias de masas, así como de las críticas que se formulan contra este movimiento por el supuesto apartidismo de que adolece, es común desvincularlo de cualquier relación corporativa y de las manifestaciones de la democracia representativa.

Los resultados de las elecciones de 1988 han refutado la segunda objeción y el riesgo actual es sobrevalorar la participación electoral del MuP. Por su parte, este actor social rechaza ser corporativo. Como componente del sistema político mexicano, el corporativismo ha estado integrado por tres factores: a) el encuadramiento de las organizaciones representativas de los sectores fundamentales de la sociedad; b) la afiliación partidaria masiva; y c) la intervención negociada de las masas en la dinámica nacional, enfatizando sus intereses sectoriales.

A partir de estos factores, el corporativismo no parece, en principio, ser aplicable a los grupos de colonos e inquilinos del MuP, debido a que, en su relación con el gobierno y sus múltiples aparatos, parten de la premisa de la independencia de sus organizaciones. Restando, sin embargo, las características de subordinación y de afiliación partidaria oficial, los MuP son corporativos porque enfatizan sus intereses sectoriales propios y no los negocian por la vía electoral. Entre otras, ésta era una de las razones del escaso interés que manifestaban los MuP hacia las elecciones.

Sin embargo, varios hechos están modificando esta actitud. Sintéticamente enunciados son: a) la revisión de un error de óptica, según el cual "la participación electoral alargaba, en lugar de apresurar, la agonía del sistema burgués de dominación",17 y b) la constatación de que la derecha (y en particular el PAN) y no la izquierda estaba capitalizando, en el terreno electoral, el descontento popular generado por las crisis y la política económica del Estado.

A partir de estos hechos, el interés por intervenir en las contiendas electorales se ha incrementado en los MuP, ya que permite la difusión de sus demandas, su presencia política y las alianzas con otras fuerzas independientes.

Cada vez, mayor número de organizaciones intentan mantener sus estructuras sectoriales ("corporativas" aunque independientes) y, al mismo tiempo, utilizan "los pequeños espacios políticos que pueden representar los procesos electorales para abrir caminos de comunicación con los más amplios sectores de la sociedad [...] y apoyar entonces, por este conducto, la construcción de organizaciones sociales autónomas de masas"."'

Lo anterior implica mantener su fuerza sectorial o "corporativa" y paralelamente reclamar también la participación política a través de la representación formal o, en otros términos, articular la lucha electoral o ciudadana con la democracia directa de masas.

Las experiencias habidas en este terreno no han sido objeto de un análisis sistemático que permita apuntar conclusiones sobre los resultados que ellas arrojan tanto hacia las propias organizaciones de colonos e inquilinos como respecto a los partidos o corrientes políticas con los que establecen alianzas.

Como principio, algunos MUP señalan que esta participación "sólo aporta suficientes réditos políticos (si está) sólidamente articulada a la construcción de organizaciones de masas que generen opciones reales y alternativas de poder y organización de la vida social".19 Desde el punto de vista metodológico, algunos elementos que pueden guiar el análisis de esta nueva temática serían: a) Precisar cuándo la participación electoral del MuP es resultado de una discusión y acuerdo de sus instancias nacionales y regionales, por ejemplo, a través de las expresiones correspondientes de la CONAMUP o, por el contrario, es una decisión a nivel local.

Como es obvio, la relevancia del fenómeno varía de acuerdo al nivel en que se toma la decisión. b) Comparar los resultados de la participación electoral del MuP en cualquiera de sus niveles (nacional, regional o local) en lo relativo a las elecciones federales, estatales y municipales, con la finalidad de detectar si existe una constante en el comportamiento electoral o, por el contrario, no hay una tendencia coherente. e) En cualquiera de los niveles y tipo de elecciones, contabilizar e interpretar los resultados a nivel casilla para garantizar la mayor correspondencia posible entre ella y el ámbito territorial (colonia, vecindad, etc.) del MuP en cuestión.

A pesar de su carácter formalmente no político, es recomendable aplicar un procedimiento similar en las elecciones de convites vecinales. Igualmente la comparación entre los resultados de los dos tipos de elecciones (políticas o vecinales) es útil para detectar la vinculación (o ausencia de ella) que los MuP establecen entre ambas. La aplicación de los criterios anteriores ayuda a precisar cuándo la participación electoral del MuP refleja una conciencia y posición políticas de sus organizaciones e integrantes o más bien es el resultado de la personalidad (carismática o paternalista) del candidato en cuestión y no tanto de su programa, o también de la filiación política del líder del MuP. Asimismo permite detectar la correspondencia entre la supuesta politización de un movimiento y la votación que obtiene el candidato y partido con el que estableció alianza. La participación electoral del MuP obliga también a replantear el tipo de relación a establecer con los partidos políticos. Cualquier afiliación de corte corporativa por parte del MuP reproducirá los vicios del partido oficial.

Por ello, a fin de garantizar la autonomía del movimiento parece más viable mantener la afiliación individual y el establecimiento de alianzas coyunturales con motivo de las contiendas electorales. Perspectivas Como sucede con el resto de los movimientos sociales, el diagnóstico sobre el bagaje teórico y metodológico con que se cuenta para el estudio del MuP debe ubicarse en el marco de las categorías e instrumentos de que disponen las ciencias sociales para el análisis de la acción colectiva. En el primer inciso de este trabajo, se han enfatizado las aportaciones que significan las categorías centrales del accionalismo. Pero, al mismo tiempo se han señalado algunas de sus limitaciones.

La principal estriba en que las diferencias entre los comportamientos colectivos y los movimientos sociales no son siempre claras. Y asimismo en que no se especifican los medios y formas para el paso de un tipo de acción al otro.

Estos aportes y limitaciones deben ser considerados con mayor profundidad tanto analizando la coherencia interna de las categorías utilizadas como sometiéndolas a prueba a través de estudios de caso.

De acuerdo con los resultados que ambos procedimientos arrojen, deberían ajustarse o sustituirse las categorías en uso. A pesar de que se dispone ya de las conclusiones de proyectos específicos y de gran envergadura como el de "Los movimientos sociales y el futuro de América Latina", del cual forma parte "Los movimientos sociales en México" (ambos dirigidos por Pablo González Casanova) está pendiente el balance teórico y metodológico que podría realizarse a partir de los múltiples estudios locales, regionales y nacionales de cada movimiento y del conjunto de ellos. La propuesta metodológica para acotar la dimensión política del Mur, planteada en el inciso segundo, parte de aquellas expresiones que alcanzan el nivel de un movimiento social y se propone medir su grado de politización.

Ello exige previamente el establecimiento de la distinción entre movimiento social y movimiento político al que se aludió en el cuerpo del primer inciso. Supuestamente, ella estriba, según A. Melucci y G. Pasquino, en el carácter de sus demandas yen las formas orgánicas que adoptan.

A su vez, la diferencia entre un movimiento político y un partido consiste en que el primero intenta producir cambios en el sistema social y político sin adoptar estructuras rígidas. En esta perspectiva, G. Pasquino señala que el movimiento político sería una fase histórica previa a la constitución de un partido.

 Ambas precisiones parecen ser aplicables al proceso que ha seguido buena parte de los movimientos sociales independientes del país (incluido el Mur) y a su participación en la constitución del PRD. En cuanto a la aplicación de la metodología propuesta por A. Touraine y A. Melucci para el estudio de los movimientos sociales (intervención sociológica, en el primer caso, y uso de técnicas experimentales a través del video-tape en el segundo), al parecer el conocimiento de ellos es reducido en el país y menor aún su aplicación sistemática.

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